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      The Little Art Collection es un proyecto de arte contemporáneo, innovador y heterodoxo, pensado para la nueva era digital en el que toda persona puede ser cocreadora.
 
     Esta singular iniciativa aspira a recuperar la misión sagrada y pedagógica que el arte ha desempeñado tradicionalmente a lo largo de milenios en todas las civilizaciones, y su papel esencial en la formación de los principios y valores que rigen la sociedad.

    Desde que el arte se emancipó del culto para refugiarse en la cultura, quedó relegado a fundamentar los valores estéticos de los pueblos. Cultura viene de cultivar, e igual que hay que cultivar la tierra para que dé sus frutos, el espíritu del hombre debe ser cultivado por la filosofía y las artes, a fin de poder desarrollar su máximo potencial y convertirse en su mejor versión posible. 

 

    Bajo estas premisas, The Little Art Collection afirma que el arte influye decisivamente en la educación de la sensibilidad de la humanidad, y denuncia que su casi generalizada degradación actual agrava la situación de vulnerabilidad del individuo, haciéndole incapaz de distinguir la calidad de lo que le es presentado, de diferenciar la obra de arte de la que no lo es y de valorar los efectos que tal arte tiene sobre él. En esta época tan carente de espiritualidad, es más necesario que nunca, que el hombre pueda volver a tener contacto con la sabiduría ancestral que el arte debería transmitir, ayudando a satisfacer el anhelo del ser humano de conocerse a sí mismo, y mostrándole caminos para lograrlo.

    Las obras de esta colección están compuestas por dos partes claramente diferenciadas: una conceptual, la Idea, y otra formal o material, multidisciplinar, que incluye obras preexistentes.

    La parte conceptual se resume en una Idea. The Little Art Collection, retomando su sentido platónico, considera la Idea como entidad perfecta, inmutable, eterna y universal. Así, las obras que componen la colección nacen de ideas, simples, pero todas ellas de trascendental importancia. Esta parte conceptual se materializa en un breve escrito, elevando a la categoría de arte, palabras o frases que contextualizan la obra original.

 

    La parte formal o material que ejemplifica la Idea puede estar constituida por soportes digitales y/o materiales. Estos últimos, creados en el pasado por grandes maestros, son por sí mismos, por su calidad y contenido, merecedores de ocupar un lugar destacado entre las obras maestras del arte universal.

 

    Vinculadas indisolublemente, la parte conceptual y la parte material unidas da lugar a una nueva obra, diferente e inédita y a la que se puede calificar de híbrida al estar compuesta por elementos de distinta naturaleza.

    The Little Art Collection, retoma la antigua tradición de otorgar toda la importancia a la creación y ninguna al artista; no es quien lo dice lo importante, sino lo qué se dice. Por esta razón las obras permanecerán indefectiblemente anónimas.

    Y se identificarán tan solo por el número cardinal correspondiente al orden que ocupan dentro del conjunto, con independencia de que las obras incorporadas a la parte formal sean de artistas conocidos y tengan ya título, siendo la primera obra presentada Opus I.

    Cada una de las obras de la colección son paradigmas de diferentes enfoques que muestran diversas vías de aproximación al arte.

    Para The Little Art Collection, una gran parte del arte contemporáneo se revela como una reacción contra el concepto tradicional de arte, que concibe la Belleza como reflejo de la Verdad. Desde el nacimiento de la estética, la idea de lo bello ha quedado reducida a lo que produce una cierta sensación de placer. Al convertirse en algo puramente psicológico y subjetivo, la percepción que se tendrá de la belleza no solo cambiará de un individuo a otro, sino que, para un mismo individuo, variará en consonancia con su estado de ánimo de cada momento. 

 

      Hoy se exponen y se presentan como sublimes obras de arte, desde los más fútiles elementos o utensilios de la vida cotidiana, hasta deshechos, excrementos humanos o cadáveres, que son mostrados en galerías, museos y palacios; obras que se justifican, ora sobre la base de explicaciones falaces, ora sobre teorías bien construidas que no pasan de ser, sin embargo, meras obviedades. Esta casi generalizada degeneración del arte contemporáneo no solo va inextricablemente ligada al constatable declive que vive la sociedad actual, sino que convierte el arte en un agente subversivo que agrava esta decadencia.

 

   Así el mercado pone en valor artistas creados como auténticos fenómenos de marketing, cuyas obras, pese a acaparar gran atención mediática, si merecen ser destacadas, es exclusivamente, por la brillante promoción de la que son objeto, ya que no pasan de ser, en el mejor de los casos, meros elementos decorativos. La complicidad entre galerías, intelectuales, editores, casa de subastas y museos, puede convertir a cualquiera con una idea novedosa, por trivial y pueril que sea, en un artista consagrado y de fama mundial. Sin tener en consideración el valor intrínseco de la obra, lo que prima en la actualidad es su rentabilidad como inversión; el arte se convierte en un producto financiero más, negociado en un mercado, cuyos operadores están más preocupados por una rentable especulación, que por la promoción de obras de indiscutible valor artístico.

 

    No todo lo que sale de la mano del artista es arte; solo cuando manifestando su don, el artista revela su genio creador, sus obras pueden ser consideradas arte. 

 

  Paradójicamente, al mismo tiempo, obras maestras, permanecen relegadas sin reconocerse su autoría, en muchos casos por la interesada desidia de quienes deberían ser los primeros interesados en exigir estudios científicos completos, imprescindibles para determinar la autoría.

     Es el arte el que hace al artista, y no al contrario. De ahí la importancia de que el espectador desarrolle un criterio propio e independiente del mercado, para valorar la calidad de la obra. 

    Es el conocimiento el que hace la obra bella.

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